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Aunque tarde, este es mi balance del Festival Internacional de Caracas 2012

Cada quien tuvo su FITC

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 El Festival Internacional de Teatro de Caracas fue una experiencia subjetiva, más allá del mero gusto visual que el espectador tuviera sobre las obras que lo conformaron. Un festival pretende diversidad y amplitud, cosa que se logró en la medida en que muchos factores influyeran para que, incluso los más cercanos a la escena caraqueña, optaran por un porcentaje de la cartelera que se presentó la primera semana de abril de 2012.

Inteligente decisión de la organización la de haber inaugurado días previos a la Semana Santa. Eso demuestra que en Caracas sí hay un alto número de habitantes que se quedan en la ciudad durante los feriados sin tener opciones distintas a un centro comercial para distraerse. Las obras de teatro que no estaban incluidas en el FITC pero que igual presentaron funciones en esas fechas agotaron sus localidades o, por lo menos, tuvieron más afluencia de público que en época regular. En el FITC Hubo una eficiente difusión en los medios, lo que permitió que se agotaran las entradas de casi todas las obras con suficiente antelación, aunque no estuvieron previstas más funciones para que el público pudiera anotarse en las repeticiones. No pasó igual con la comunicación 2.0, porque ese departamento no tuvo previsto informar a tiempo real de las obras que cambiaron de horario, ni de la contestación a los usuarios sobre las dudas que tenían sobre el festival. Otro punto positivo fueron los lugares de encuentro al aire libre en el Centro Cultural Chacao, las bailantas de Vinósfera en la Plaza Alfredo Sadel y la Plaza Miranda de Los Dos Caminos. También con las diferentes aristas que se planificaron para celebrar a Cabrujas: en obras de teatro formales y experimentales, charlas y lecturas dramatizadas.

Cinco obras fueron las seleccionadas, casi por azar, para el encuentro con este festival. Tercer cuerpo, de Argentina; Les philebulistes, de Francia; Sueños trotantes, de Venezuela; Insectos, de España y Pina, de Alemania.

Timbre 4, la agrupación teatral argentina que dirige el español Mario Tolcachir, se presenta en su país en algo parecido al garaje de una casa convertido en sala experimental estilo anfiteatro. Presentar Tercer cuerpo en una sala formal como es el caso del Teatro Trasnocho de Paseo Las Mercedes resulta un elemento distractor. El conflicto que se expone, existencialista, profundo, inconmensurable, se complementa con la puesta del director que plantea a los mismos personajes como escenarios que se desplazan en diferentes direcciones sin que el vestuario o las luces sean lo más importante de la puesta. Se trata de un viaje hacia el interior. Hubo un grupo de espectadores que aplaudieron de pie y otros que prefirieron la reflexión. Hay que repensar la pieza para descubrir la trinidad en el cuerpo de otro, o en el propio, o en las circunstancias.

Arcane fue víctima de esas situaciones muy propias de Venezuela en las que los ciudadanos se debaten entre reír y llorar. La gran estructura que utilizan para su espectáculo Les philebulistes –parecida a una gran rueda en las que los roedores se ejercitan en sus jaulas- no fue liberada en la aduana para la primera presentación de los franceses en el país. Por lo tanto, el domingo tuvieron que realizar doble tanda, a las 6:00 pm y a las 8:30 pm, sin que el público fuera notificado con anterioridad. La pieza tuvo una duración de veinticinco minutos aproximadamente y, a pesar del esfuerzo físico de los acróbatas, es una obra que deja con ganas de más. Era un accesorio del festival, pero no una obra que los transeúntes pudieran apreciar sin nada que los complementara. Tal vez faltó, en ese momento, una compensación nacional –como comentó uno de los asistentes.

Lo mismo pasó con Insectos, la obra de España. Unas criaturas gigantes se desplazaron por la avenida Francisco de Miranda desde Santa Eduvigis hasta Los Dos Caminos –no iniciaron en la Plaza Miranda como decía la convocatoria-. Quienes manejaban a los grillos y las hormigas eran chicos trajeados con bragas de mecánico que pedaleaban y acercaban el personaje a los niños y adultos que querían fotografiarse con ellos y recibir un poco del humo que salía de sus bocas. Pero no se trataba de un espectáculo como tal, solo una actividad de distracción para quienes anduvieran al paso.

No sucedió lo mismo con Sueños trotantes. Soraya Orta y su equipo de Ciane están acostumbrados a montarse en zancos en las plazas caraqueñas. Cuentan una historia a través de la danza contemporánea trabajada sobre ritmos modernos, el ejercicio escénico de trabajar con elementos y la fortaleza de un grupo de más de diez personas, lo que nutre el espectáculo. Sin mayor dificultad los bailarines se hacen cercanos al público con un deseo común: las ganas de volar. Es un show que dura aproximadamente una hora y que no necesita de complementos para reunir a una multitud y brillar por sí solos, siendo venezolanos.

El análisis de estos tres espectáculos, y la asistencia masiva a todos, demuestra que Venezuela necesita de un ambiente cultural fructífero que permita hacer obras de calle de calidad que entretengan al público, sin tener que esperar a que vengan compañías foráneas para demostrarlo. Además, la selección de grupos –en todo el cartel seleccionado- tuvo que ver con razones monetarias y de contactos que no permitió incluir a más talentos. Se necesita, además, una convocatoria abierta que permita escoger entre un abanico de propuestas que potencien el festival. Y obras nacionales nuevas, que permitan al espectador asiduo al teatro tener de dónde escoger a la hora de preferir al talento nacional.

Pina, la película documental nominada al Oscar de este año, fue el legado del FITC. Aún está en cartelera. Es una maravillosa oportunidad para que el espectador pueda acercarse a la danza contemporánea, se informe de quién fue Pina Bausch y que, además, le provoque ir al teatro real por más. Las preguntas que surgen en torno al tema: ¿qué tienen los bailarines venezolanos para ofrecerle al público potencialmente cautivo a partir del filme de Wenders? ¿qué otra película ha visto el espectador asiduo al cine que utilice tan bien el 3D como esta historia? ¿en qué lugar estamos parados como venezolanos, como artistas, con respecto a estos creadores?

En cualquier caso, lo mejor del FITC fue el Camerino. A modo off-festival, actores extranjeros y nacionales, productores, gestores culturales y algunos espectadores se reunieron cada noche en este lugar clandestino del centro comercial Chacaito para intercambiar experiencias y presenciar algunos performances voluntarios que se quisieran presentar. Pelucas, maquillaje, lentejuelas… Todo estaba permitido frente al espejo de esa marquesina. Stand Up Comedy, danza, teatro, performance y proyecciones se unieron a los selektors y a la ley seca que, en este espacio, estuvo prohibida.

Sin ver las obras del Grupo Actoral Ochenta, las de Skena, Water People Theater Company o las sonadas Amarillo de México, La razón blindada de Ecuador, Hamlet de Los Andes de Bolivia o Casa de muñecas de Alemania, el festival fue una buena opción de esparcimiento en Semana Santa. Sería ingrato que el Teatro de Petare, la compañía Textoteatro del Teatro San Martín, Rajatabla en Bellas Artes y la Asociación Cultural Humboldt se quedaran de nuevo sin agotar taquilla. Si tan solo una persona de los muchos espectadores del FITC se quedó con ganas de más teatro y sigue asistiendo a cualquiera de las opciones que ofrece la capital, entonces la misión se dio por cumplida.

Si la selección de obras del espectador fue distinta de estas cinco, no importa, el resultado probablemente haya sido el mismo: sensación de libertad, esparcimiento, recreación, cultura, ciudad, país, progreso. A fin de cuentas, cada quien tuvo su FITC.

 

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El Teatro San Martín de Caracas desde la voz de uno de sus actores principales

El teatro escondido

Teatro San Martín de CaracasHay cinco árboles enrejados que no dejan ver las paredes del fondo desde la calle del frente. Son tan altos como el edificio que cubren, que no tiene más de tres pisos. Contrastan con el color del recinto que se ve entre las ramas: crema con ribetes terracota. Ese verde oscuro tiene 19 años creciendo en las mismas aristas, custodiando el lugar en plena avenida San Martín de Caracas, a menos de una cuadra de las tres salidas del Metro de Artigas. Quien se acerca puede notar que no hay ningún aviso, salvo un pendón en la reja de acceso al teatro –del tamaño de los que colocan en la autopista– que anuncia la obra que está en cartelera. Los fines de semana, tipo seis de la tarde, siempre hay alguien conversando en unas mesitas modestas que colocan en el lobby. Se trata del ente cultural del oeste de la ciudad. Al menos el primero que existió, cuando la zona abandonada era un depósito de basura. Es el Teatro San Martín de Caracas, el mismo de Gustavo Ott.

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En 1992 David Villegas era un bachiller que estudiaba en el Liceo Caracas de El Paraíso. Lo que comunica a esa urbanización con San Martín es el Puente 9 de diciembre, una suerte de pasadizo de la inseguridad que está sobre la autopista Francisco Fajardo, que los transeúntes se ven obligados a cruzar a diario para poder tomar el transporte colectivo en la avenida principal. Para ese entonces, Villegas notó que el lugar estaba siendo recuperado y, con el estreno de la obra Nunca dije que era una niña buena, decidió probar suerte en las tablas un año más tarde. “A mí me gustó tanto esa obra que no sabía si es que eso era lo que iba a escoger para mi vida o que como nunca había visto teatro me gustó muchísimo, pero vi seguidas como 40 funciones. La gente me veía en la puerta y cuando entraba ya me sabía los textos. Me sentaba y los repetía. Lo que me decían al final era ‘pasa’. Y no pagaba la entrada. Entonces un día me dijeron: ‘¿quieres hacer de alguien que dé sala?’ Entonces dije que sí. Luego el chamo que hacía las luces en la sala se fue y yo no sabía nada de la parte técnica, pero fui aprendiendo. Después hice los talleres con José Domínguez Bueno y luego me fui a la escuela de actuación”.

Pero David nunca se fue del teatro. Siempre se mantuvo dentro, aún cuando estudiaba en la Escuela Nacional de Artes Escénicas César Rengifo. Pertenece a la compañía residente, Textoteatro, que es el mismo que le da nombre a una de las dos salas del Teatro San Martín, la más pequeña, con aforo de cien butacas aproximadamente. Luego de su profesionalización como “todero” en el lugar, a David le tocó asumir el cargo de director de producción. Es decir, se encarga de todo el edificio desde un escritorio que está frente a una computadora, en el segundo piso y medio –por llamarlo de alguna manera–. Es el único rincón ajeno al público general y distinto a un teatro, pero que recuerda cada logro alcanzado juntos: tres portadas que publicó El Nacional en 2011 referente al éxito de los últimos estrenos; pendones de las últimas obras y un sofá para responder entrevistas y recibir visitas. Una oficina como cualquier otra.

David, de hablar acelerado hasta que la falta de aire lo obliga a detenerse, tiene un horario fijo en el teatro, de lunes a viernes, de dos a seis de la tarde. Él lo llama “horario administrativo”. En ese tiempo el trabajo es estar pendiente del funcionamiento completo de la infraestructura, buscar patrocinantes, mandar a hacer el pendón para invitar al estreno, los programas de mano, cuadrar los horarios de actores con técnicos y directores. En las horas que restan del día es probable que también se le encuentre en el teatro, porque el “horario artístico” es totalmente variable: los ensayos pueden ser en la mañana y en la noche. Y los fines de semana, las funciones ocupan todo el tiempo. Mientras la gente disfruta, ellos trabajan.

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Los escenógrafos están en la sala principal del Teatro San Martín de Caracas haciendo el montaje de Tres noches para cinco perros, obra de Gustavo Ott que estrenará en dos semanas. En medio de la realización, llama una vecina para preguntar cuándo inicia el taller infantil de danza que funciona todos los sábados a las nueve de la mañana. David detiene el trabajo para responder la llamada. Añade que pronto estrenarán una obra también para niños. Es cuestión de esperar el anuncio a través de Facebook, Twitter (@tsmcaracas) y la puerta principal del teatro, dentro de unos días. David no suelta prenda de nada. Como todos los artistas, cree que es pavoso hablar de las cosas antes de que se den oficialmente.

“Hay señoras que, cuando no es una obra nuestra, como que se sortean para venir y echarle el cuento a las demás de si es buena o no, para luego venir todas” dice. Y eso tiene que ver con que en Textoteatro, compañía que empezó en 1989 bajo la dirección de Gustavo Ott –el mismo que introdujo el proyecto del centro cultural y director o escritor de la mayoría de las obras que se presentan ahí–, hay una especie de elenco fijo conformado por David, María Brito, Ludwing Pineda y otros artistas que siempre están presentes en las obras. Sin embargo, con el pasar de los años, estos actores cercanos se han unido a nuevas agrupaciones que ahora son asociadas y también se presentan en el teatro. Tal es el caso de: Cobre, de Rodolfo Santana; Urbe, que está a cargo de Rubén León y Afrodiartes, de Verónica Arellano.

Pero también el asunto de la fidelidad tiene que ver con una relación estrecha con los asiduos. “Nosotros podemos hablar con ellos, podemos contestarles. Es distinto que en cartelera estemos anunciados nosotros, porque la gente viene con confianza. Cuando no, nos preguntan. Nosotros nos conocemos, aunque no nos sepamos los nombres y nuestras historias personales, nos conocemos nuestras historias en conjunto porque las hemos creado aquí. Cuando no nos ven en el escenario, nos ven vendiendo una entrada, o si no sacamos las sillas, no nos cuesta nada, no estamos por encima de nadie como para no poder hacerlo. Al contrario. Yo soy partidario de una relación más directa, más personal. Llegas más. Y si el trabajo es llegar y llenar a la gente y agradarla, no quiero que me vean como alguien inalcanzable. Yo también soy humano y también me puedes tocar. Si me pellizcas también me duele, si me golpeas también sangro, soy igualito a ti”.

Lo que destaca al funcionamiento del Teatro San Martín de Caracas es justamente su condición humana. Las entradas a las funciones cuestan 20 bolívares, mientras la boletería de las entradas en cualquier lugar cultural capitalino varía entre 80 y 140, dependiendo de lo comercial que sea. Y si alguien de la comunidad quiere entrar a ver una obra y no tiene el dinero para pagar la colaboración, igual puede pasar. No es un propósito que los actores se hagan millonarios con la exhibición de su talento, solo tener una caja chica para comprar artículos necesarios de utilería menor, porque desde el inicio de cada proyecto las obras están pagadas por el comodato que tienen con la Alcaldía de Caracas.

Sin embargo, esta forma de tener empatía con su alrededor no siempre ha generado buenos resultados. Sobre todo porque pocas personas de la urbanización que no sean cercanas al arte conocen qué es lo que está en esa esquina de la avenida principal de San Martín. El viernes 3 de febrero se estrenó allí la obra Tres noches para cinco perros, que tiene como protagonistas a Villegas, Pineda, José Gregorio Martínez, William Escalante y Luis Domingo González, que es el director. La puesta en escena recrea a la plataforma Deepwater Horizon en el Golfo de México, que explotó en 2010 gracias a la avaricia del ser humano. La imponente escenografía contrastó con las escasas cincuenta personas que se sentaron en una sala que tiene, al menos, capacidad para doscientas cincuenta. Y eso que era un día bueno para el teatro.

A pesar de que las obras del teatro estén pagadas por el subsidio, el teatro necesita activar estrategias para ganar dinero extra. Por ejemplo, desde hace unos meses el teatro abre sus puertas en la mañana a una señora que vende empanadas y pastelitos en un carrito que coloca en el lobby, acompañados de una malta. También, han tenido que comenzar a vender chucherías y cervezas antes de entrar a la sala, pero además ahora permiten que los espectadores entren al recinto con las golosinas en la mano, lo que hace un poco molestas las funciones por el ruido de los papeles y algún residuo que queda en la alfombra.

***

El teatro le ha enseñado a David Villegas a ser quien es en este momento. Hizo de sus compañeros de trabajo, una familia. Con el pecho erguido dice que pronto podrá  afirmar que es el actor venezolano que más Shakespeare ha hecho. En Venezuela y el exterior, porque también con el ego arriba asegura que es de las compañías venezolanas que tiene más presencia afuera, representando al país en toda América, Europa y Asia.

Textoteatro es una de las diez agrupaciones venezolanas que va a participar en la re edición del Festival Internacional de Teatro de Caracas, una iniciativa cultural celebrada hasta 2006 y que en 2012 retoma ciertos espacios culturales con propuestas internacionales que visitarán el Festival de Teatro de Bogotá además de las piezas locales ya bastante presentadas en la ciudad, durante los últimos dos años. Los del Teatro San Martín de Caracas son los únicos venezolanos escogidos con una pieza inédita por tres razones: la primera, tienen una sede propia que abarata costos de presentación; tienen gran experiencia en el exterior; y, además, Tres noches para cinco perros fue premiada en el XI Premio Madrid Sur para Textos Teatrales de España.

En su experiencia, David piensa que lo más importante del intercambio es aprender a cultivar el intelecto. Y por eso cree que en Venezuela hay mucho talento para desarrollar el teatro gracias a los maestros chilenos y argentinos que llegaron al país, luego de las dictaduras que los obligaron a salir de sus lugares de origen. Dice que el problema aquí es de escogencia. Asegura que la diferencia más importante entre los actores de obras comerciales y los que trabajan en el Teatro tiene que ver con el deseo de ser artista. “Si tú no quieres ser un actor, sino un artista, no hacer una obra de teatro, sino una obra de arte, eso va más allá del reconocimiento y de que te saluden en la calle. Es una decisión, un compromiso. Mozart, Picasso, son famosos ahora. Muchos de nosotros nos tenemos que cuestionar qué queremos ser”.

Las relaciones que ha tenido con los personajes que ha interpretado le han dado, como a todo actor, un desarrollo humano. La pregunta ¿qué pasaría si fuera yo? Lo ha hecho crecer como artista. También ha dirigido tres o cuatro obras. Comenzó con una reunión de amigos en la que quisieron montar un monólogo que él interpretaba y que, para el nuevo montaje, terminaron haciendo varios personajes.

Todo lo ha logrado en el Teatro San Martín de Caracas. “Me siento bien de hacerlo aquí, en el oeste de la ciudad, donde mucha gente no quiere venir porque no conoce la zona y le da miedo. Aquí están nuestras obras que han representado y siguen representando a nuestro país a nivel internacional de una manera bastante fuerte y bastante premiada, además. Aquí tengo el chance de crecer, creer, crear, con tiempo. Dentro de mi casa, tranquilo, no tengo por qué andar corriendo de un lado para otro. No tengo que traicionar mi discurso artístico a la hora de interpretar algo que yo no haría. Eso para mí es muy importante. Yo sé que la necesidad existe, la tenemos todos, la vida y nuestro país son así, pero no traicionarte a ti mismo artísticamente hablando. Que tú hagas un trabajo y que al salir te preguntes por qué lo estás haciendo. Yo doy gracias a Dios de que aquí me puedo tomar el tiempo de madurar las ideas y de que cuando esté listo, sin correr, pueda desarrollarlo”. Es por eso que David Villegas no se plantea hacer otra cosa distinta al teatro, ni en otro teatro. No lo piensa. No le hace falta.

***

El proceso de ensayos en el Teatro San Martín de Caracas comienza dos meses antes del estreno de la obra. Cada texto está relacionado con un tema que se escoge al inicio del año en el que se intente hacer reflexionar al espectador sobre un asunto particular de su sociedad.

Es viernes, tipo seis de la tarde. Las mesitas están afuera en el lobby y cada vez llegan más personas que conversan antes del estreno de la obra de teatro. Son las mismas sillas que utilizan en la mañana los comensales que compran empanadas a una señora que se coloca allí con su carrito freidor. En la entrada está María Brito vendiendo chucherías y refrescos. También en esa misma taquilla se retiran las entradas y los programas de mano que, como no alcanzó el dinero para imprimir los tradicionales cartoncitos, son volantes picados a la mitad que solo destacan el nombre de la obra. Antes de ingresar hay una cartelera que anuncia los próximos estrenos y las reseñas recientes que la prensa nacional ha publicado sobre Tres noches para cinco perros, la obra que estrena hoy. En el pasillo, mientras el público camina a la sala, ve los pendones del Festival Fiesta que tiene algunos años sin producirse por falta de recursos económicos y que produjo David en sus buenos tiempos. También hay una vitrina vacía, donde hasta hace unos años vendían franelas o artículos relacionados con el arte. Este año no hay Proyecto 4×4 Madre, Padre o Shakespeare, unos que se hicieron los tres años anteriores para reiterar un tema específico de reflexión con el público. Pero hay planes de seguir representando a Venezuela en el exterior.

Probablemente quienes asisten al estreno son vecinos de la zona, jóvenes que de pequeños realizaron los talleres vacacionales de actuación con los mismos actores que hoy están demostrando talento en las tablas. También hay periodistas culturales, productores, estudiantes de teatro, bailarines y actores que confían en lo que ahí se presenta. La mayoría se conoce aunque sea de vista. Aunque no sean demasiados. Se cumple lo que reza David cuando dice que son una comunidad.

Hoy, en el oeste de Caracas, volvió a hacerse buen teatro. Las luces del edificio iluminaron por primera vez en este año a los árboles enrejados que custodian el teatro escondido. Se volvió a cuestionar a la sociedad desde un trabajo artístico, aunque esa sociedad no esté presente porque no conozca el teatro. Aunque no sea un punto de referencia en las direcciones. Aunque esté ubicado en una zona que culturalmente no es ni reconocida como tal, ni la más segura para serlo. Es 2012 y el show debe continuar.

Texto publicado en www.vayaalteatro.com

 
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Publicado por en 14 marzo, 2012 in Artes Escénicas, Cultura

 

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